
Esta mañana escuche de un chavo una frase que me llamo mucho la atención, mientras platicaba con un amigo suyo y sin estar platicando con nosotros dijo: - No creo que sea bueno andar por ahí diciendo que religión profesamos!
La frase me llamo mucho la atención por dos situaciones: la primera porque llegaron a mi mente las palabras del maestro cuando corregía a sus discípulos, diciéndoles que no hicieran como los fariseos que solían pararse en las esquinas de las plazas a orar para que todos los vieran. Y la segunda razón fueron las otras palabras de advertencia que dirigió el maestro a sus discípulos, al advertirles que quien se avergonzara de él, él también se avergonzaría -negaría- delante de su Padre.
Es un tema complejo sin duda, pero el hecho de que en el primer caso condenara una fe extremadamente superficial y en el segundo les advirtiera sobre el temor a la critica de los hombres frente a las cosas de Dios, nos deja en claro la supremacía de las segundas palabras que son parte de una fe muy especial -resultado mismísimo de la experiencia personal de Dios-.
Como resultado de lo anterior consideramos que intentar reducir nuestras convicciones religiosas a la mera esfera privada -sin que esto sea coaccionado por una ley humana-, es sin duda un sinónimo de vergüenza respecto de las cosas de Dios. Claro que esta situación es comprensible si la persona en cuestión no ha vivido una experiencia personalísima de la presencia de Dios en su vida, pues evidentemente su religiosidad se basa en una mera cuestión superficial y materialista.
Así que declararse cristiano y temer públicamente defender nuestras convicciones religiosas exigiendo respeto a ellas, es sin duda muestra de negación a nuestra propia fe. Además considerando que vivimos en un Estado laico, implica que el Estado no puede intervenir en materia de fe, no que prohíba la profesión de culto. Por lo tanto quién privadamente se declara cristiano -cada domingo-, y públicamente le da vergüenza hablar de su fe no encuentra justificación en decir que el Estado le prohíbe hacerlo.
Finalmente decir que expresar nuestra fidelidad a nuestras convicciones religiosas, es tan respetable y admirable como decir que somos personas políticamente en desacuerdo con lo que opinan otros.
Así que no hay justificación para intentar reducir nuestra fe a lo privado, pues incluso los valores éticos tienen su fundamento último en la religión. Pero esa… es otra historia!
Dios mediante nos estamos saludando!
La frase me llamo mucho la atención por dos situaciones: la primera porque llegaron a mi mente las palabras del maestro cuando corregía a sus discípulos, diciéndoles que no hicieran como los fariseos que solían pararse en las esquinas de las plazas a orar para que todos los vieran. Y la segunda razón fueron las otras palabras de advertencia que dirigió el maestro a sus discípulos, al advertirles que quien se avergonzara de él, él también se avergonzaría -negaría- delante de su Padre.
Es un tema complejo sin duda, pero el hecho de que en el primer caso condenara una fe extremadamente superficial y en el segundo les advirtiera sobre el temor a la critica de los hombres frente a las cosas de Dios, nos deja en claro la supremacía de las segundas palabras que son parte de una fe muy especial -resultado mismísimo de la experiencia personal de Dios-.
Como resultado de lo anterior consideramos que intentar reducir nuestras convicciones religiosas a la mera esfera privada -sin que esto sea coaccionado por una ley humana-, es sin duda un sinónimo de vergüenza respecto de las cosas de Dios. Claro que esta situación es comprensible si la persona en cuestión no ha vivido una experiencia personalísima de la presencia de Dios en su vida, pues evidentemente su religiosidad se basa en una mera cuestión superficial y materialista.
Así que declararse cristiano y temer públicamente defender nuestras convicciones religiosas exigiendo respeto a ellas, es sin duda muestra de negación a nuestra propia fe. Además considerando que vivimos en un Estado laico, implica que el Estado no puede intervenir en materia de fe, no que prohíba la profesión de culto. Por lo tanto quién privadamente se declara cristiano -cada domingo-, y públicamente le da vergüenza hablar de su fe no encuentra justificación en decir que el Estado le prohíbe hacerlo.
Finalmente decir que expresar nuestra fidelidad a nuestras convicciones religiosas, es tan respetable y admirable como decir que somos personas políticamente en desacuerdo con lo que opinan otros.
Así que no hay justificación para intentar reducir nuestra fe a lo privado, pues incluso los valores éticos tienen su fundamento último en la religión. Pero esa… es otra historia!
Dios mediante nos estamos saludando!

