La última vez que publique en el blog fue el 5 de enero de
2015, aún recuerdo que era un sábado y medio mundo pensaba en los juguetes del
día domingo. Hoy he sentido la necesidad de volverlo a hacer, y es que he
vuelto a leer aquí mismo la entrada titulada “A la mayor de mis tres madres”, dedicada
a mi amada abuelita Antonia Vásquez, entrada que publique un 1 de febrero de
2014, en aquel entonces la horrible noticia de la horrenda enfermedad que me la
arrebataría tenía unos pocos meses de conocida y solo unos días de que los médicos
de la familia habían recomendado no luchar contra la enfermedad, por el riesgo
de acelerar su desgaste, y ella misma habría decidido ‘ponerse en las manos de
Dios, hasta que él quisiera’. Aún no iniciaban aquellos ataques de insoportables
dolores que la consumirían y que confieso, a mí me destrozarían el alma y
golpearían mi fe y mi intelecto como las olas que se hacen pedazos en los
riscos. Aún no experimentaba en mi vida, la entrada al infierno.
Hoy al leer mis propias líneas en tiempo pasado:
“Cuando era pequeño, estaba convencido que mi abuela 'duraría la eternidad', y es que también su cuerpo robusto e imponente daba
para que yo en mi pequeñez, estuviese convencido de ello. En estos veinte años
de vida a su lado, desde que el abuelo nos dejó, he visto como día a día
se ha ido desgastando, o como ella dice: '- ¡Me he ido desmejorando, pero eso
es natural, ya no somos como los de antes!' A sus noventa y seis años, me sigue
sorprendiendo día a día, no tiene la preparación de mis filósofos, tampoco el
arte de los literatos, pero tiene un conocimiento natural que deja por mucho a
la mayoría de personas que he conocido, sabe tanto de la vida que a veces
pienso, que puede ver el futuro...”
Siento una extraña sensación, y confieso también una
añoranza no para corregir nada ni para estar más tiempo con ella, sino para
dejar de hacer tantas cosas que tanto daño me han hecho. Confieso que si
pudiera regresar el tiempo, leería menos, escribiría menos, preguntaría menos,
pensaría menos, conocería menos, buscaría menos respuestas, quizá jugaría más,
dormiría más y hasta me emborracharía más joven y muchísimo más, hubiera
buscado amar menos, pues quizá así y solo así, las explicaciones tan simples de
los demás me darían consuelo, envidio a mi papá cuando dice ‘dejo de sufrir,
esta con Dios, pues es su voluntad.’ Él no vivió el tornado de dudas y dolor,
el por qué, el cómo, el hasta cuándo, que mi infeliz intelecto tuvo y aún ahora
tiene que soportar. Por desgracia para mi llorar nunca ha servido de mucho, he
vivido con la convicción de que necesito entender, necesito respuestas para
consolarme, pero por desgracia al hundirme en estas arenas he topado de frente
que aquellas preguntas que antes con una retórica vana y presumida, solía
recriminar a los hombres de ciencia: ¡Ustedes buscan respuestas a preguntas
eternas! Ahora he sido yo quién ha pretendido responder aquello que un legítimo
hombre de fe, confía sabrá cuando vaya a la última morada.
Desde aquél devastador 30 de marzo de este año, no he dejado
de trabajar y de mantenerme ocupado, no me he permitido pensar, porque pensar y
estar solo me hace daño. No he tocado un solo libro, fuera de aquellos de leyes
que me resultan indispensables para trabajar, quizá porque aquella calurosa tarde
en que le acompañe a su ultimo descanso terrenal, mire con desprecio el pequeño
librero en que descansan los pocos volúmenes que con tanto cariño guarde y
adquirí a través de los años, pues comprobé
decepcionado que tampoco ellos eran capaces de consolarme, sus páginas, sus
historias, sus consignas palidecían frente a las dudas y mi frágil sentido, el
dolor dejo entonces de ser duda para convertirse en testimonio de que sufrimos
porque somos humanos, en eso estriba nuestra fragilidad. Antes el dinero ya me
había decepcionado, quizá cuando aquella noche en que un buen amigo mío, médico
me acompaño a la farmacia, suscribió y firmo todo lo necesario para adquirir un
paliativo controlado para el dolor, y al llegar a casa comprobé que nuestro
ingenio, nuestra ciencia y sus altos costos económicos aún son incapaces de
evitar del todo el dolor, más aún cuando comprobé que si el dinero no podía
siquiera erradicarle el dolor de una forma efectiva y rápida, menos aún sin importar
cuando tuviera en ese momento, aunque hubiese llegado a tenerlo, aun así ni el
señor Don Dinero tenía el poder de retener lo que más he amado en la vida, y lo
que más me amo. Por lo que comprobé que su poder es al igual que todo lo
humano, demasiado limitado. Así corrobore horrorizado, mientras mis pilares de
vida –intelecto y posesión de bienes materiales- caían como los muros de
Constantinopla hechos añicos, que nada humano vale más que el tiempo, solo el
tiempo es verdaderamente valioso, lo demás es solo fango.
Ahora que sigo viviendo en el infierno he aprendido a
sobrevivir, pues después de algo así creo que no puede responderse estoy bien,
solo cada día un poco mejor. Es como cuando esas nevadas sobrecogedoras de
diciembre arrasan con las plantas, la planta sobrevive, aunque una parte de
ella ha muerto, creo que esa es una metáfora muy buena para describir el cómo
me siento hoy. En mí caso lo único –invaluable- que murió y estoy convencido,
fue la Conciencia, y lo que me ayudo a sobrevivir fue esa faceta que antes
desprecie y a la que hoy, le estoy agradecido: La Razón. Este es sin dudarlo en
mi vida el reinado de la Razón. Aunque es una faceta que por desgracia me
impide siquiera reconocer lo que era antes de aquella fatídica tarde del 30 de
marzo, agradezco al Cielo haber puesto en mi ese poco de agresividad, ese poco
de desinterés por los demás, ese poco de antipatía y hasta de enojo, pues gracias
a esos elementos no tan positivos, he logrado sobrevivir en medio de la
devastación.
Hoy reflexiono sin querer, que por desgracia, al menos en
mí, se ha cumplido aquello de que mi don es mi maldición. La desgracia de este
dolor que no se diluye sino que está aquí a mi lado, que duerme conmigo y me
acompaña a todas partes. Este dolor que yo prefiero llamar ‘el dolor de la duda’,
es el resultado de mi intelecto. Algunas personitas que aún me guardan un
cierto afecto, siempre me han hecho saber que les sorprende mi capacidad de
comprensión y mi obsesiva manía de búsqueda de respuestas; ¡debo saber más! Cuando
joven, solía decir a mi amada amiga Jessica, sino no podré dormir, hoy entiendo
que esa cualidad, ese don que alguna vez también agradecí, ha sido hoy mi talón
de Aquiles. Hoy aquella chica de ojos bonitos, que me dijo en mi adolescencia
al verme leer con pasión a Kierkegaard: ¡Señor cerebro, algún día su cabeza lo
va a hundir! Profetizo con sapiencia esta noche que siento apenas comenzó, pero
que sabré soportar con lámpara en mano.
En estos tiempos mis preocupaciones han cambiado, ruego a
Dios que la vida me alcance y que mis capacidades administrativas de mis
modestas ganancias, me sean suficientes para cumplir mis promesas. He
comprendido también que algún día seré solo un recuerdo, así que voy a
esforzarme por ser uno muy bueno, intentado cumplir aquella idea que ha
sobrevivido, ser remembrado como un punto de referencia solido en tiempos de
confusión. Por otro lado, cuando pienso en esos eventos que antes no podía
perderme, hoy solo pienso en uno que es el más importante en mi vida: el
momento de mi viaje de no retorno, ese momento de ir con los míos, esos que ame
tanto y me amaron tanto.
Algunos se preocupan pues piensan que me he obsesionado con ‘irme
pronto’, pero no son así las cosas, en realidad de lo que yo hablo es de un
sentir, y eso no es ser fatalista. Lo comparo con un día nublado, uno no está
seguro que vaya a llover, pero el sentido común nos dice que no debemos lavar
ese día, dijera aquél, por si las moscas. Creo que lo mismo sucede aquí, yo no
he dicho que vaya a irme ya, es solo que al igual que el día nublado, tengo la
impresión que me iré pronto –y aquí debo confesar que esto sinceramente me
emociona- y por lo tanto debo apurarme a hacer mis cosas, no vaya a ser que el
viaje sea pronto y yo no esté preparado. Hoy pienso en aquella gitana que
conocí en Texmelucan y la historia del anillo que uso, ironizo pensando en sus
palabras, parece y siento que después de todo, a pesar de mis burlas en su
momento, ella tenía razón: mi reinado será breve.
Esta reflexión se parece mucho a aquella de que estoy
convencido de que no vine para ‘alguien’ sino para ‘algo’, no es una certeza es
solo una corazonada que solo el tiempo podrá corroborar o desmentir.
Lo que acabo de escribir también será una explicación quizá
para quienes me reprochan no visitarles, y más aún haberme perdido del mapa, la
verdad es que en estos tiempos procuro no visitar a nadie, aunque si alguien me
visita, en honor de nuestro afecto siempre será bienvenido quizá no a platicar
como antes, pero si para saber cómo marchan las cosas y si nuestra salud va
bien.
Pensaba escribir poco, pero parece precisamente que pensar
me hace tanto daño que me he prolongado de más. En fin, si he decidido poner
esto por escrito y más aún hacerlo público, es por el hecho de que mi blog
siempre lo he comparado con las paredes de mi habitación, solo que aquellas no
puedo rayarlas porque luego tendría que pintarlas nuevamente, así que siendo
mío tengo el derecho de escribir en él lo que se me ocurra o quiera.
Por cierto que también la frase habitual ha cambiado, no
podría decir: Dios mediante nos estamos saludando, nunca más. Así que les ruego
nos acostumbremos a este nuevo estilo:
¡Si Dios quiere nos saludamos después, sino por favor les
ruego, guarden un grato recuerdo de mi!

