Antes que nada debo confesar que no soy un docto en materia teológica, por lo que los comentarios que haremos aquí se enfocan en la reflexión de los tiempos actuales y no necesariamente en el contenido escatológico-cristiano de estas fechas.
Hecha la aclaración anterior pasemos directamente a lo que nos interesa, qué implica el Domingo de Ramos? Quizá para muchos no se trata de otra cosa mas que de comprar nuestra palmita -eso si bien tejidita y bonita-, levantarnos tempranito e irnos a la “procesión de las palmas”, pero detrás de todo esto se encuentra algo más profundo el hecho de lo que quizá podamos llamar “nuestra naturaleza humana”. Sí, suena extraño pero confiamos en que líneas más adelante nos darán la razón.
En principio decir que la entrada triunfal en Jerusalén del Maestro es un acontecimiento no solo profético sino también salvifico, pues su entrada montado en un burrito -según nos dice San Juan- es la entrada de un Rey (que como Dios-hombre humilde) se dispone a tomar posesión de su trono, aprovechando la oportunidad para ridiculizar nuestra arrogancia humana así como desairar nuestras insípidas costumbres, pues no es secreto que una personalidad influyente -sea quien sea hoy día- se sienta ofendida de tomar posesión de algún cargo con un protocolo tan simple, como en su momento fue el del Maestro.
Así el punto es el hecho de reflexionar sobre este sumo momento triunfal, no obstante la tristeza que expresa Jesús respecto al futuro de Jerusalén cuestión que no debiera ser vista como una maldición, sino más bien como el lamento del Maestro respecto a lo que el propio pueblo de Jerusalén se había buscado como consecuencia de sus extravíos.
Luego entonces se trato de un momento triunfal, en el que desgraciadamente la misma gente que participaría en esta exaltación -desde luego no todos-, días después seria participe de los horrores de sacrificar a quien aclamaran en aquel momento como su Señor. Y si aunque resulte difícil de creer, aquello no fue otra cosa que el resultado de nuestra naturaleza humana, pues por esta misma estamos más dispuestos al mal que al bien!
Así la reflexión versa respecto a en qué medida estamos verdaderamente convencidos de aclamar a Cristo como nuestro Señor? Quizá la respuesta no este en un primer impulso, sino más bien en meditar por un momento -pidiendo en oración que nuestro Señor aumente nuestra fe- para que con su gracia suplicar nos permita ser fieles a su enseñanza y así decididos defensores de nuestra fe en él, para así poder aclamar este “Domingo de Ramos” con toda claridad y sin complejos de vergüenza: “¡Bendito el que viene como Rey en nombre del Señor!”.
Finalmente solo me resta invitarles a vivir estas fechas con toda la devoción posible, más aún suplicándoles se den la oportunidad de acercarse a vivir una experiencia personalísima -con animo de conversión- con aquel que quiso “dar la vida por sus amigos”.
Dios mediante nos estamos saludando!

