Realmente solo mis mas íntimos conocen el cariño que le
profeso a mi abuela Antonia, Doña Toña como le dicen sus allegados; en alguna
ocasión y sin miramientos he dicho, mi carácter es setenta por ciento de su
hechura, el otro veinte se lo debo a mi madre
y el diez por ciento restante, a mi muy apreciada Madre Teodora Ponce.
Toda mi niñez la pase bajo su cuidado, a mis ocho años de
edad mi admirado abuelo Adrián Pérez, después de una parálisis que lo postro en
cama durante algunos años, partió al Cielo, dejando sola a mi abuela. Ellos no
tuvieron hijos biológicos, mi Padre fue hijo adoptivo de ambos, mismo que no
lleva sus apellidos, pero que bajo la figura de Padrinos, se encargaron de él
desde su niñez.
Por mi parte, desde que tengo memoria viví con quienes en
consecuencia fueron mis abuelos, pero
como ya he dicho, a mis ocho años solo me quedo mi abuela, “mi gue” como
siempre la he llamado, no me pregunten por qué, pues yo mismo no recuerdo el origen
de la particular forma de llamarle. Aprendí de sus buenos, también malos,
ejemplos. Entre las cosas que más recuerdo sobre ella de mi niñez, están su
rudo carácter, su forma tan florida (a veces) de hablar con sus mascotas, y el
hecho de que a pesar de todo ello, siempre aceptara jugar conmigo a la manera de
los niños de mis tiempos.
Cuando era pequeño, estaba convencido que mi abuela “duraría
la eternidad”, y es que también su cuerpo robusto e imponente daba para que yo
en mi pequeñez, estuviese convencido de ello. En estos veinte años de vida a su
lado, desde que el abuelo nos dejo, he
visto como día ha día se ha ido desgastando, o como ella dice: “- ¡Me he ido
desmejorando, pero eso es natural, ya no somos como los de antes!” A sus noventa
y seis años, me sigue sorprendiendo día a día, no tiene la preparación de mis filósofos,
tampoco el arte de los literatos, pero tiene un conocimiento natural que deja
por mucho a la mayoría de personas que he conocido, sabe tanto de la vida que a
veces pienso, que puede ver el futuro.
He de decir, que algunas de sus palabras a veces me
desagradan, pero mas bien me asustan que es distinto, así finjo no escuchar cuando
me dice: “- ¡Cuando me vaya, él que me va a doler en el alma, porque no sabré
que será de él, eres tu!”, “- No debes ser tan tonto mijo, si te dejas tanto,
un día te van a querer montar, lo bueno es que ya no lo voy a ver para enojarme.”
, “- Un día vas a decir, le hubiera hecho caso a la vieja.”, etc.
Nunca he tenido la intención de pensar en el momento de su
partida, es una realidad en la que no he querido pensar nunca. Sin embargo,
derivado de que hace algún tiempo festejando su cumpleaños, un buen amigo mío,
Don Antonio Hernández, me sugirió escribir algo de las memorias de mi abuela, y
considerando que mi amada Jessica decía, que para hacerse eterno están las cámaras
y la pluma; hoy he decidido hacer la prueba con un pequeño borrador de esa
intención.
Las líneas que siguen se titulan “Folio siete”, el por qué
elegí este titulo es simple, es mas que conocido que mi libro favorito es “El
nombre de la rosa” de Umberto Eco, mismo que se organiza exactamente por folios
-pues eso da a entender su autor al finalizar su obra con su llamado “Ultimo
Folio”-, por otro lado, “siete” es el número que mi abuela Toña siempre elige,
y la hora mas común que siempre dice, digamos que casi tengo la sensación que
es su número favorito. Así las cosas, en realidad este “Folio siete” forma
parte de lo que pretende ser una obra entera, pero que por ahora hemos aislado
para presentarlo como pequeño borrador.
En fin, sea como sea, me permito presentar a Ustedes el
fruto de una noche de desvelo, pero que más que nada es un homenaje de mi parte
a la mujer más importante en mi vida, “mi gue”:
FOLIO SIETE
Los gendarmes no son tan buenas calabazas, ni nunca lo han
sido. Cuando yo era joven y vivíamos en Puebla –mi hermana y yo-, una vez que íbamos
cruzando los Portales del Zócalo, que veo unos picaros que estaban espiando una
muchacha de vestido floriado, delante de nosotros que la alcanzan, y uno de ellos
que le mete la mano por detrás de las piernas. Entonces como veníamos lejos,
pensaron que no los vimos, y en eso que se suben a la banqueta, y yo de reojo
que los veo, pero con tanta gente que los pierdo y cuando veo que uno de ellos,
un flaco él, que me agarra de las asentaderas. No para que, que le digo a mi
hermana: “- Vente vamos a dar vuelta, vamos a volver a pasar por aquí.” Y sí,
que le damos la vuelta a la Catedral, que regresamos por el mismo lugar, y le
digo a mi hermana: “- Ahora vente, vamos a pasar despacio, estos van a pensar
que nos gusto y cuando se nos acerquen van a ver.” Mi hermana siempre fue
miedosa, y me decía a todo que no, pero que la jalo del brazo y ahí vamos,
total que esta vez no me descuide, y cuando veo ahí viene el flaco ese otra
vez, que me aprevengo, y cuando estuvo cerca, el que alza la mano para
agarrarme y que lo pesco de por el pescuezo, y ahí Señor de mi alma, zumbale,
zumbale. Sagrada cachetiza la que le di, la gente nada mas nos veía. Luego que
lo suelto, y que le digo a mi hermana: “- Ora vámonos.”
Que seguimos caminando, y vamos viendo ahí en el Zócalo los
puestos de los vendedores, total que a eso salía uno, a pasear. Nosotros
siempre que salíamos juntas, visitábamos especialmente las iglesias, yo en
Puebla conocí casi todas, o por lo menos
todas las que vi en tantos años que viví allá. En la Iglesia de San Francisco,
estaba para que lo veneraran, no se si hasta ahora “San Sebastián”, solo que en
aquel entonces lo tenían descubierto y estaba abierto de su santo pecho, pero
lo taparon con un velo a luego, eso porque dicen que los niños se espantaban de
que lo vían con todo abierto.
Mas adelante, todavía no nos íbamos del Zócalo, que nos
alcanza un gendarme y que va directamente conmigo, y que me dice: - Señorita,
me va a tener que acompañar.
Luego, luego que le respondo, yo nunca fui de las que se
dejaban: “- ¡¿A dónde y cómo por qué?!”
- No Señorita, le digo que me va a tener que acompañar, allá
en la Gendarmería le van a decir por qué.
Que le digo: “- No Señor, yo no lo acompaño a ninguna parte ¿Dígame
por qué?”
Ya que me dice que me tenía que llevar porque le había yo
pegado a un joven, yo ya sabía de que se trataba, el flaco ese se había ido a
acusar, pero nunca he sido tonta, así que le digo: “- No señor gendarme, dispénseme,
pero yo no le he pegado a nadie.”
Luego que veo, que mueve su mano y que llama al zoquete
flaco, ese pícaro, y que le dice el gendarme sí era yo la persona que le había pegado.
Y el flaco, muy cachpetón , que le dice al
gendarme, que efectivamente era yo la muchacha que le había sonado.
Me dice el gendarme: - Ya vio señorita, fue usted la que le
pego al joven. Así que me va a tener que acompañar.
Luego, luego que le digo: “- Si señor yo le pegue, pero que
le diga el joven por qué le pegue.”
Y el flaco pícaro aquel, nada mas se tapaba la cara y estaba
llorando el muy miedoso, y que le dice al gendarme que no sabía el porque, que
nada mas así le había yo pegado, nomás porque sí.
Que me hace enojar, y aunque mi hermana Petra, no chistaba
nada la veía yo toda asustada, pero que le digo al gendarme: “- No señor, como
le voy a pegar nomás porque sí, pues si ni que estuviera yo loca. Que le diga
el muy hombrecito por qué le pegue, que le diga las groserías que me andaba
haciendo, hacen sus picardías y no quieren que uno se los suene.”
Ya el gendarme me dice: - Bueno señorita, lo que sea que
vayan a arreglar lo hacen en la gendarmería. Vamos para allá y allá se
arreglan.
Pero luego pensé, si voy
con este lo único que van a hacer es pedirnos dinero, y por qué, sí
nosotros no hicimos nada. Así luego que le digo al gendarme: “- Me dispensa,
pero yo no lo acompaño a ningún lado. Y si me va Usted a llevar, pero no me va
Usted a llevar por nada. Eso se lo advierto, si me lleva, me va Usted a llevar
por algo.”
Yo creo que se lo pensó, porque luego que voltea a ver al pícaro
ese; mientras tanto yo ya me estaba apreviniendo, entre mi dije, si este me
intenta jalonear para llevarme a la fuerza, también a este me lo cacheteo.
Pero no, que le dice al pícaro: - Ya ve joven para que anda
Usted de grosero, mire nada mas lo que se busca.
Luego ya que me dice a mí: - Ande señorita, ya se pueden ir,
ya no ande Usted haciendo travesuras.
¿Travesuras? Dije entre mi, travesuras las de tu madre.
Luego ya que nos dejan, el flaco ese que se va por su lado,
como pa la Catedral, y el gendarme que lo sigue tantito. Luego que se regresa
el gendarme, y ya quesque nos va cantando bonito, ya entonces no me quería
llevar, sino que ya me va haciendo el amor. Entre mí, que lo mando a la
tostada, primero se pone bien canijo y luego ya quesque anda de enamorado.
Por eso te digo mijo, los gendarmes no son buenas gentes. Si
también son picaros, nada mas que lo hacen mas mosca muerta para que no los
vayan a castigar.
Bueno por lo menos, entre tantos que me soné cuando estaba
joven. Por lo menos nunca me soné a un gendarme, poco falto pero no. Eso si, me
soné hasta un doctor, bueno yo digo que era doctor porque iba con su uniforme
blanco. Que pues eso ya no es nada seguro, porque ahora veo que ya todo el
mundo se viste de blanco.
Aunque de todos esos, es seguro que ya ninguno de esos vive,
digo casi todos eran mayores que yo, por lo menos eso calculo, así que
seguramente todos, sino es que a la mayoría, ya se los cargo la chaqueta.



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