sábado, 22 de noviembre de 2008

Un Dios al cual temer… Las Vanitas

Muchos amigos me han comentado respecto a los oscuros e incluso macabros retablos que aún adornan uno que otro corredor de algún claustro conventual. De hecho tales composiciones de pintura en teoría pretenden reivindicar la inevitable justicia de Dios, pero por desgracia a la luz de hoy resultan incluso grotescas a nuestros propios ojos.

Así estamos hablando ni más ni menos que de las pinturas conocidas como “Vanitas”. Estas composiciones fueron el resultado del Barroco, consistente en una mentalidad opuesta y reaccionaria al Renacimiento.

El Renacimiento había supuesto la libertad de conciencia, surgió así en su seno el Humanismo (el cual situaba al hombre por encima del concepto de Dios). Con tales corrientes reinantes el arte se inspiraba en la búsqueda y proyección de la belleza y el placer.

En este contexto aparece la Reforma Protestante. Martín Lutero no solo había denunciado los excesos del clero, sino que incluyo la frivolidad del arte la cual debía otorgar su lugar a lo religioso. En otras palabras el arte debía dejar de lado la belleza y optar por la proyección de un significado mas profundo.

Todas estas circunstancias ocasionaron que la Contrarreforma impulsada por Roma, tuviera como fin la imposición del Puritanismo y la vida religiosa devota, ello como respuesta a las críticas del protestantismo europeo. Así el arte se convirtió en un monopolio cargado de religiosidad –aunque por desgracia de una religiosidad fanática y oscurantista-.

El resultado de todo esto fue el estilo “Barroco”. El arte en general opto en esta corriente por un realismo extremo donde la fealdad y el oscurantismo se convirtieron en la carta de presentación de esta corriente supersticiosa que presentaba a un Dios severo al cual debía temerse frenéticamente.

En el campo de la pintura las composiciones conocidas como “Vanitas” surgidas a fines del siglo XVI y abundantes en todo el XVII, aparecen como conjuntos excesivos de símbolos alusivos a la vanidad de la vida y de las cosas del mundo, estableciendo que todos ellos son insignificantes frente al destino último: la Muerte.

Dos ideas se convierten en los ejes rectores de las Vanitas: la Muerte y el temor al Juicio Final.

En estas obras son comunes los libros de ciencias, y otros elementos que representan lo inservible del conocimiento cuando la muerte llega. Otro elemento recurrente son los complementos de la naturaleza en estado caduco: flores deshojadas y marchitas, frutos podridos, etc. La mujer por su parte, se convierte en un símbolo de belleza efímera, como es de esperarse las joyas no faltan como símbolos de vanidad de la riqueza. Así en tales excesos la muerte como esqueleto o calavera se convierte en la protagonista de la obra. También se retoma el concepto medieval de la igualdad frente a la muerte, ya que ante ella los títulos, las medallas y los honores de nada valen.

El resultado de todo esto es sin duda el temor a las postrimerías –la muerte- y en consecuencia a Dios. La Visión central de las Vanitas es la existencia de un Dios soberbiamente severo al cual debe temerse. Obviamente nada que ver con la visión reivindicada oficialmente por el Concilio Vaticano II: la de un Dios de Amor excesivamente Misericordioso.

El exceso de este arte fue tal que llego a excesos verdaderamente macabros, como el caso de la Cripta funeraria de la Iglesia de Santa María de la Concepción de Roma, donde hay una capilla enteramente recubierta de huesos humanos que dibujan siniestramente los arcos y cúpulas de la misma.

Bendito Dios que las siguientes generaciones artísticas reaccionaron contra tales excesos fúnebres e insoportables. Porque en definitiva una cosa es que debe quedarnos claro que las cosas materiales del mundo son inferiores a las espirituales; y otra es que el temor a la Muerte y el Juicio de un Dios casi siniestro (cosa que para nada es Dios, por lo menos no el de la Cristiandad) se conviertan en la idea de frenesí, locura y superstición que persiga día y noche nuestra mente.

Así que como dijera el refrán popular: “ni tanto que queme al Santo, ni tanto que no lo alumbre”: una cosa es el temor natural a Dios y otra el temor supersticioso al mismo y su justicia.

Bueno en fin, algo que de las Vanitas debe quedarnos muy en claro es que tal arte no tenia por objeto hacer sentir bien al hombre sino atemorizarle. Así que cuando vean estos retablos no olviden el fin que perseguían así como las circunstancias históricas que los originaron. Y dejemos de buscarle una explicación del por qué esas obras parecen sacadas de un cuento de ultratumba.

Dios mediante nos estamos saludando
!

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